La noche se transformó en un refugio emocional cuando Los Cafres regresaron al Escenario GNP con un concierto que reafirmó su lugar como una de las bandas más queridas del reggae en español. La agrupación argentina, liderada por la inconfundible voz de Guillermo Bonetto, ofreció un espectáculo donde la serenidad, la conexión humana y el ritmo cadencioso fueron los protagonistas.
Desde el momento en que Bonetto apareció bajo las luces cálidas, el ambiente cambió por completo: el público dejó atrás el ruido cotidiano y se entregó a esa vibra tranquila que caracteriza a la banda desde hace casi cuatro décadas. El concierto abrió con “Barrilete”, una pieza que, más que canción, funciona como una declaración de principios: levantarse, resistir, seguir. Fue el inicio perfecto para un público que respondió con aplausos largos y un coro unificado.
A lo largo del recital, la agrupación repasó momentos clave de su trayectoria. Sonaron obras esenciales como “Instinto”, recordando que —tras 38 años de historia— Los Cafres continúan vigentes en cada generación. Más adelante llegó “Duro Remedio”, recibiendo una respuesta enérgica, casi ritual, de quienes siguieron la melodía desde la primera fila hasta las gradas más lejanas.
Uno de los capítulos más comentados ocurrió al comienzo, cuando un fan entregó a Bonetto una bandera mexicana. El gesto fue recibido con respeto absoluto: en lugar de colgársela, pidió que la colocaran a la vista de todos. Muchos asistentes juraron haber visto una reverencia breve, interpretada como un agradecimiento a la complicidad del público mexicano, que ha acompañado al grupo desde sus primeras giras.
El concierto también tuvo momentos de humor ligero. Al presentar “Dreadlocks”, Bonetto lanzó una broma sobre “los que ya abandonaron el peine”, provocando risas entre los asistentes. La pieza permitió que el baterista Adrián Canedo se luciera con una ejecución sólida, aportando fuerza sin romper la atmósfera suave del recital.
La curva emocional siguió creciendo con temas como “La Flor”, “Sigo Caminando” —donde Bonetto dejó escapar un espontáneo “¡Viva México, cabrones!” que desató gritos efusivos— y “Órbita de Amor”, todas interpretadas bajo una iluminación discreta en tonos azulados y rojizos. Sin pantallas ostentosas ni artificios, la banda optó por un formato íntimo, dejando que el peso recayera en las letras y en la calidez vocal del frontman.
Para el cierre, Los Cafres eligieron una selección que funcionó como despedida emocional: “Aire”, “Tus Ojos”, “La Naturaleza”, “Si el Amor Se Cae” y “Bastará”. Cada una envolvió al público en un ambiente pacífico que contrastó con la energía con la que empezaron la noche.
Lo ocurrido en el Escenario GNP no fue solo un concierto, sino una experiencia catártica que reafirmó la esencia de Los Cafres: un reggae que no busca impacto inmediato, sino que acompaña, abraza y calma. Una velada honesta en la que la música volvió a convertirse en un puente de conexión y alivio.
Redacción / El Nacional







