El Cirque du Soleil ha redefinido, una vez más, el concepto de asombro con el estreno de OVO (“huevo” en portugués), un espectáculo que transforma la vida cotidiana de los insectos en un universo vibrante de acrobacias, danza y romance. La Arena Monterrey se convirtió anoche en un ecosistema mágico, transportando a más de 5 mil espectadores a un mundo diminuto, pero de proporciones épicas.
Desde el momento de la entrada, el público fue envuelto por una atmósfera sensorial: zumbidos, el suave murmullo de la naturaleza. OVO, más que un circo, se presenta como un portal a un mundo donde “los insectos bailan, vuelan y se aman con la misma intensidad que los humanos soñamos”.
El espectáculo es una celebración ininterrumpida de la vida y el movimiento. Las hormigas rojas se destacaron con una precisión impecable, haciendo malabares con kiwis y mazorcas de maíz, elevando la rutina al estatus de danza. El aire fue conquistado por una delicada libélula en un acto de equilibrio y una mariposa que emergió de su capullo en una etérea coreografía de seda.
Uno de los momentos más emotivos de la noche fue el pas de deux aéreo protagonizado por dos mariposas enamoradas, que volaron al ritmo de violines y bandoneón argentino.
El hilo conductor de la historia es un sutil romance entre una mariquita curiosa y una mosca recién llegada que porta un huevo misterioso, el cual da nombre al espectáculo. Este huevo se convierte en el corazón de OVO, simbolizando el cambio, la posibilidad y la chispa que enciende la curiosidad entre los personajes.
Cada número es un despliegue de talento extremo: desde la contorsión hipnótica de una araña en su telaraña hasta el acto final de los grillos. La batucada que acompañó a estos últimos provocó el estallido de la Arena, mientras los acróbatas corrían literalmente por las paredes en una secuencia de trampolines y saltos imposibles, obligando a las más de 5 mil personas a ovacionar.
Al finalizar, la sensación generalizada era de asombro y una sonrisa inevitable. Cirque du Soleil logra su cometido una vez más: recordarnos que el arte puede hablar sin palabras y que la vida, incluso la más diminuta, es un espectáculo deslumbrante. OVO no solo se ve, se siente; deja la certeza de que bajo nuestros pies, un mundo lleno de magia late con una energía pura e inigualable.
Johana Chávez / El Nacional






