Monterrey, NL. – La noche se pintó de negro desde temprano. A partir de las 17:00 horas, miles de seguidores comenzaron a concentrarse en la Arena Monterrey para presenciar uno de los encuentros más relevantes del metal en español en lo que va del año. La respuesta fue clara: una entrada que rozó el lleno total y un ambiente que mezcló generaciones, desde quienes vivieron el auge del género en los años 80 hasta jóvenes que hoy lo mantienen vigente.
El festival arrancó puntualmente a las 18:00 horas con una logística fluida y una producción que apostó por el formato de “arena”, consolidado como una alternativa sólida para giras internacionales del género.
La velada abrió con propuestas nacionales como Trágico Ballet y NightRise, encargadas de encender el ánimo con sonidos que transitaron entre el metal gótico y el power metal.
Más adelante, el español Leo Jiménez ofreció una demostración vocal que reafirmó su posición como una de las voces más potentes del metal en español, provocando una de las primeras grandes ovaciones de la jornada.
La intensidad continuó con Saratoga, cuya interpretación de temas emblemáticos elevó la energía colectiva. A su vez, Kabrönes, integrado por exmiembros de Mägo de Oz, aportó un componente nostálgico que fue ampliamente coreado por el público.
Cerca de las 22:30 horas, las luces del recinto se apagaron para recibir a Ángeles del Infierno. Juan Gallardo, en la voz, y Robert Álvarez, en la guitarra, lideraron una presentación sólida, respaldada por una producción visual que incluyó pantallas de alta definición con imágenes alusivas a la trayectoria del grupo.
A pesar del paso del tiempo, Gallardo sostuvo los registros agudos que caracterizan a la banda, mientras que la ejecución instrumental mantuvo potencia y definición, particularmente en las guitarras.
El repertorio recorrió etapas clave de su discografía, con temas de álbumes como Pacto con el Diablo, Diabolicca y 666, en un setlist que privilegió los clásicos y evitó pausas prolongadas.
El punto álgido se vivió con la interpretación de “Al otro lado del silencio”, cuando miles de asistentes iluminaron el recinto con sus teléfonos móviles. Posteriormente, “Con las botas puestas” desató uno de los momentos de mayor efervescencia en la zona de cancha.
El cierre con “Maldito sea tu nombre” consolidó una noche que dejó al público de pie, entre aplausos prolongados y muestras de reconocimiento.
Con una duración aproximada de seis horas, el festival confirmó la capacidad de convocatoria del metal en español en el norte del país. La organización cumplió en tiempos y logística, mientras que el sonido se mantuvo con buena definición a lo largo de la jornada.
Más allá del espectáculo, la velada funcionó como una reafirmación de la vigencia del género y de su capacidad para reunir a distintas generaciones bajo un mismo estandarte musical.








