La vida de Ivy (Olivia Colman) y Theo (Benedict Cumberbatch) parece salida de un anuncio de perfección: una familia amorosa, carreras prometedoras y todo bajo control. Sin embargo, como suele suceder en las grandes tragedias disfrazadas de comedia, esa fachada se resquebraja cuando las ambiciones individuales chocan.

Los Roses, dirigida por Jay Roach, retoma la premisa de la novela de Warren Adler y de la célebre La guerra de los Roses (1989), pero consigue darle una nueva identidad, más fresca y contemporánea. Con una duración de 110 minutos, la cinta mantiene un ritmo que no decae y que sabe equilibrar tensión y humor.

La guerra de los Roses (1989)

La película explora la transformación de un matrimonio en un campo de batalla, donde el amor en decadencia se alimenta de la feroz competencia y los resentimientos ocultos. La química entre Colman y Cumberbatch resulta impecable: ella, con su capacidad para pasar de la ternura a la acidez en segundos; él, con una vulnerabilidad contenida que termina por estallar en furia y desesperación. Su duelo actoral se convierte en el verdadero corazón de la historia.

Lejos de ser una simple repetición, Los Roses se distancia de su antecesora con un tono propio. La cinta se mueve entre el humor negro y la reflexión sobre el ego, la ambición y la fragilidad de los vínculos humanos. El guion deja que los silencios y las sutilezas hablen por sí mismos, logrando momentos tan divertidos como incómodos.

Además de la dupla protagonista, el elenco de apoyo aporta frescura y matices: Allison Janney como la suegra incisiva, Ncuti Gatwa en un papel cargado de energía, Andy Samberg con un contrapunto cómico muy efectivo, y Kate McKinnon, que roba escena con su característico humor excéntrico.

Los Roses es divertida, reflexiva y por momentos hipnótica. Su desenlace —que no revelaremos— deja al espectador con un nudo entre la risa y la inquietud, recordando que el amor puede ser tan apasionado como destructivo.