Mike Flanagan lo vuelve a hacer. Después de sus adaptaciones exitosas de “Doctor Sueño” y “La maldición de Hill House”, el director se sumerge en uno de los relatos más enigmáticos de Stephen King para entregar una película profundamente emotiva, inquietante y poética: “La vida de Chuck”.
La estructura narrativa es quizá lo primero que sorprende. La vida de Charles Krantz (interpretado en diferentes etapas por varios actores, incluido un deslumbrante Tom Hiddleston) se narra en orden inverso: comienza con su muerte a los 39 años a causa de un tumor cerebral y retrocede hasta su niñez en una casa supuestamente encantada.
Lo que podría parecer un recurso complicado se convierte, en manos de Flanagan, en un rompecabezas emocional que exige atención del espectador, pero que recompensa con una reflexión profunda sobre la existencia. La cinta inicia con lo que parece ser el fin del mundo, o tal vez el fin de “un” mundo, el de Chuck, y a partir de ahí nos lleva a cuestionarnos sobre la conciencia, la mortalidad y los pequeños detalles que hacen que una vida, corta o larga, valga la pena.
Tom Hiddleston, su presencia es magnética. Su interpretación de un hombre en sus últimos días es concisa, dolorosa y hermosa al mismo tiempo. La famosa escena del baile es un momento cinematográfico que ya queda inscrito entre los más conmovedores del año: un instante de belleza pura en medio de la certeza de la muerte.
Fiel a la obra de Stephen King, la película contiene elementos sobrenaturales y pinceladas de ciencia ficción, pero su centro está en otro lugar: la reflexión sobre la vida y lo que significa existir. La propuesta parte de la idea de que cada persona es un universo en sí misma, y que cuando alguien muere, ese universo muere con él.
Hay escenas que incomodan, que nos empujan a pensar en lo inevitable, pero también hay otras que curan el alma y nos recuerdan la importancia de construir momentos mágicos, por pequeños que sean.
“La vida de Chuck” no es una película fácil ni ligera. Es una obra que exige paciencia, atención y disposición a conectar piezas. Al terminarla, es probable que el espectador sienta la necesidad de verla una segunda vez para descubrir todos los matices y simbolismos escondidos en su estructura.
Profunda, hermosa e inspiradora, “La vida de Chuck” es más que una adaptación literaria: es una meditación sobre la fragilidad y la grandeza de la vida. Flanagan logra capturar la esencia del relato de King y la lleva a un terreno visual y emocional que impacta y deja pensando mucho después de que las luces se encienden.
Una película que no solo se ve: se siente, se reflexiona y se queda en el corazón.
Carey González/El Nacional






