Por Ernesto Pompeyo Cerda Serna
Nuestra tesis sostiene que la “pendejez” es un sustantivo coloquial utilizado en varios países de habla hispana, especialmente en México, para describir una acción, dicho o cualidad propia de una persona que actúa de forma tonta, ingenua e irracional.

En la mayoría de los países de América, el término de origen se registra como un adjetivo despectivo para referirse a alguien tonto, cobarde, soberbio, ingenuo y carente de entendimiento o razón.
Sin embargo, en nuestro enfoque, el término “pendejo” no lo usamos como un insulto vulgar, sino como un sinónimo de la torpeza, la ignorancia y la soberbia humana.
Definimos la “condición de pendejo” como ese instante preciso en que el individuo choca con la realidad y se da cuenta de que ha cometido un error o de que está siendo superado por las circunstancias. De esta premisa extraemos los elementos centrales de nuestra tesis:
El actuar bajo esta condición opera como un potente disolvente del pensamiento crítico.
En la política y la vida social, este fenómeno no suele ser accidental; a menudo es provocado y alimentado porque resulta de enorme utilidad para quienes ostentan el poder.
Por lo tanto, para comprender la evolución de la crítica y la autocrítica en la cultura popular mexicana, resulta imprescindible recurrir a la figura de Don Hermenegildo Torres López, pensador y creador del PUP (Partido Unido de Pendejos).
La genialidad del inolvidable “Máistro Torres” radicó en su capacidad para convertir el lenguaje popular en una herramienta de análisis social. Al fundar el PUP, Torres no buscaba el insulto fácil, sino evidenciar, con humor brillante, las flaquezas, distracciones y absurdos de la conducta humana.
Hoy en día, cuando los algoritmos nos empujan a la distracción constante y nos hacen creer que el enemigo siempre es quien piensa diferente, continuar y actualizar sus categorías es el acto más revolucionario de autocrítica que podemos ejercer.
Clasificar nuestras propias torpezas modernas no busca la humillación del adversario, sino la cura de nuestra propia ceguera; es una invitación a mirarnos al espejo antes de lanzar el siguiente tuit cargado de soberbia.
En una era definida por la hiperdigitalización y una polarización política asfixiante —donde el debate público se ha reducido a trincheras de verdades absolutas y granjas de bots—, en un mundo lleno de gurús y sabelotodo en internet, este ejercicio deja de ser trivial.
Así que recuerden: la era digital nos quiere divididos y peleando por tonterías. Colaboremos en desenmascarar las nuevas pendejadas y en actualizar nuestro catálogo para comprender mejor las conductas de hoy y del mañana.
Deja de ser una guasa folclórica y se convierte en una necesidad de salud mental. Sin más preámbulos, se presentan las siguientes categorías:
Usa palabras domingueras sin saber qué significan: le encanta adornar su lenguaje con términos como “disrupción”, “heurística”, “ontológico” o “yuxtaposición”, pero los aplica mal y termina diciendo disparates con pronunciación elegante.
El internet no hizo más tonta a la humanidad; simplemente hizo visible lo que antes era local. Hoy, la información —y la desinformación— se distribuye de manera inmediata y masiva.
Antes había que salir a buscar errores ajenos; hoy llegan directamente a la palma de la mano.
Este texto se concluye como un ejercicio de reflexión crítica, consciente de su irrelevancia histórica, pero útil como espejo de nuestro tiempo.
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