El pasajero del diablo, la nueva película de terror dirigida por André Øvredal, llegó a las salas de cine de México este 21 de mayo con la promesa de convertirse en una experiencia inquietante para los amantes del género. Entre carreteras solitarias, una presencia sobrenatural que acecha desde la oscuridad y varios momentos visualmente impactantes, la cinta ofrece un arranque sólido y una atmósfera envolvente. Sin embargo, conforme avanza el viaje, el misterio que la hace atractiva comienza a perder fuerza, dejando una sensación tan irregular como intrigante.

Uno de los mayores aciertos de la cinta es su propuesta visual. Øvredal demuestra nuevamente que tiene un ojo privilegiado para construir imágenes inquietantes y secuencias capaces de permanecer en la memoria del espectador. Entre todas ellas destaca una escena particularmente brillante: los protagonistas proyectan una película clásica en medio del bosque y, cuando son atacados, utilizan las imágenes reflejadas en los árboles como una improvisada fuente de luz. Es un instante extraño, casi surrealista, que mezcla cine dentro del cine y aporta una dosis de creatividad que desearíamos ver más veces a lo largo del metraje.

Durante la primera mitad, la película juega bien sus cartas. La tensión se construye de manera gradual, aprovechando espacios abiertos, estacionamientos nocturnos y carreteras desiertas para generar una sensación constante de vulnerabilidad. El director entiende perfectamente cómo utilizar la oscuridad y el silencio para mantener al público alerta, creando algunos de los momentos más efectivos de toda la función.

Sin embargo, conforme la historia avanza, empiezan a aparecer las grietas. El misterio que rodea a la entidad sobrenatural pierde fuerza cuando el guión decide explicar demasiado. Lo que en un inicio resulta inquietante gracias a la incertidumbre termina convirtiéndose en una serie de reglas poco claras e inconsistentes que generan más confusión que terror. El deseo de expandir la mitología del monstruo termina jugando en contra de la narrativa.

A esto se suma la falta de desarrollo de sus personajes principales. Aunque la película pasa gran parte de su duración acompañándolos en este viaje de supervivencia, nunca logra que el espectador conecte del todo con ellos. La ausencia de profundidad emocional provoca que varios momentos de peligro carezcan del impacto que deberían tener.

La propia criatura también pierde parte de su efectividad cuando abandona las sombras. Como suele ocurrir en muchas producciones del género, el monstruo funciona mejor cuando apenas se insinúa. Una vez que la película decide mostrarlo con claridad y explicar sus orígenes, gran parte de la tensión acumulada desaparece y la propuesta comienza a sentirse demasiado cercana a fórmulas ya exploradas por otras franquicias de horror contemporáneo.

La sensación final es la de una película que posee elementos interesantes y algunos destellos de auténtica inspiración visual, pero que no termina de confiar en ellos. Øvredal demuestra una vez más que sabe generar atmósferas inquietantes y secuencias memorables, aunque en esta ocasión el guión no está a la altura de su talento detrás de la cámara.

Estrenada en las salas de cine de México desde el 21 de mayo, esta propuesta encontrará seguidores entre los aficionados al terror sobrenatural y las historias de carretera, pero difícilmente se convertirá en una referencia obligada del género. Tiene momentos que valen el boleto, aunque también varios desvíos que le impiden alcanzar todo su potencial.

Calificación: 6/10

Una cinta con imágenes fascinantes, un inicio prometedor y buenas dosis de suspenso, pero que termina perdiendo fuerza al explicar demasiado aquello que era más aterrador cuando permanecía oculto.