La directora Rebecca Lenkiewicz debuta con Hot Milk, una adaptación de la novela de Deborah Levy, protagonizada por Emma Mackey, Fiona Shaw y Vicky Krieps. El filme nos lleva al sur de España, donde una joven deja su vida en pausa para cuidar a su madre enferma en una clínica poco convencional.
Sofía (Mackey) es una estudiante de antropología que, resentida pero resignada, acompaña a su madre Rose (Shaw), una mujer complicada, manipuladora y con una salud tan ambigua como su carácter. La relación entre ambas es tensa y llena de viejas heridas no sanadas.
El encuentro de Sofía con Ingrid (Krieps), una misteriosa turista alemana, marca un punto de quiebre. A través de esta relación, Sofía empieza a buscar su propia voz y cuestionar su rol como hija y cuidadora, enfrentando los traumas familiares que ha evitado toda su vida.
Aunque el elenco brilla —sobre todo Mackey con una actuación contenida pero poderosa—, la película no logra siempre conectar emocionalmente. Su ritmo lento y simbolismos marcados le restan fuerza a lo que pudo ser un drama más envolvente.
Hot Milk habla sobre romper cadenas invisibles, reencontrarse con uno mismo y sanar lo que el tiempo no ha resuelto. Una cinta introspectiva y densa, ideal para quienes disfrutan de los dramas psicológicos cargados de emociones contenidas.






